#Issue 14: Cómo la ciencia ficción te cambia la vida.

Es muy posible que pertenezcas a ese porcentaje amplio de población que cree firmemente que no le gusta la ciencia ficción. También es muy probable que esto se deba precisamente al desconocimiento sobre qué es en realidad. Aunque Star Wars y unos cuantos productos cinematográficos más sean la causa de que en la mente del ciudadano medio ciencia ficción sea el equivalente a naves espaciales, espadas láser y, en resumidas cuentas, acción situada en el espacio sin mucha enjundia, nada que ver con la realidad.


En primer lugar, aunque muchos de los argumentos del cine o la literatura de ciencia ficción se sitúen en espacios “poco convencionales” —en muchas ocasiones extraterrestres— no es este el requisito sine qua non para aplicar esta etiqueta tan denostada por el público. Lo que esconde va mucho más allá, y es que cuando hablamos realmente de ciencia ficción lo hacemos para categorizar aquellas historias ambientadas o no en un futuro hipotético y verosímil en el que se ahonda y conjetura sobre las posibilidades que la ciencia (no sólo física sino también social) haya podido desarrollar de acuerdo a unos principios lógicos. Es decir, que una novela como 1984 —hito de la ciencia ficción de 1947— se ambientaba en un futuro indeterminado en el que no llama especialmente la atención ningún aspecto tecnológico (salvo las cámaras de vigilancia por las calles), pero sí la organización política y social de acuerdo a un estado dictatorial.


Fotograma de la película Minority Report (Steven Spielberg, 2002), basada en un cuento de Philip K. Dick

Siempre se cita este ejemplo ya que es el más ilustrativo, no sólamente para desmitificar la idea de la ciencia ficción como sinónimo de historia de marcianos, sino también de cómo se trata de un género que ahonda en cuestiones de índole moral y social que dejan poco al entretenimiento y mucho a la reflexión. Pero también es 1984 un ejemplo de cómo lo que en un determinado momento parece improbable, aunque no imposible (recordemos que la premisa de la ciencia ficción es que pudiera ser posible) puede a veces realizarse. Las décadas posteriores fueron casi una copia (y en algunos lugares siguen siendo) de las sociedades descritas en esta novela, el caso más claro la URRS. En la actualidad, a pocos parece extrañarnos ya la presencia de cámaras de vigilancia en las calles y un sistema de identificación de cada individuo que en otros momentos de la historia parecería descabellado e irrealizable.


Y esta realización de las suposiciones que se plasman en la ficción es uno de los motivos por los que no se trata de un género banal. Siempre se habla de Julio Verne y de cómo en su momento viajar a la luna como exponía en una de sus novelas (De la Tierra a la Luna, 1865) era una absoluta locura. Ya han pasado casi 50 años desde que se hizo por primera vez. Lo mismo pasa con la realidad virtual, la realidad inventada, las pantallas táctiles, los hologramas, las tarjetas de crédito…

Le Voyage dans la lune, Georges Méliès,1902.

Es cierto que, para enmendarle la plana a Verne, la ciencia ya ha demostrado que viajar al centro de la tierra es algo que sólo tiene cabida en la ficción y que nunca se podrá hacer en la realidad. También es cierto que todavía no hay coches voladores que atraviesan los cielos de nuestras ciudades como se decía que ocurriría en los 2000. Tampoco sabemos de momento que, como ocurría en Crónicas marcianas (Ray Bradbury, 1950), haya planetas habitados por seres perfectamente organizados socialmente con un desarrollo similar o superior al nuestro pero, de cualquier forma, la historia debería bastarnos para llegar a la conclusión de que, a muchos niveles, no sabemos a ciencia cierta dónde están los límites de la realidad. Así que lo mejor es que mientras eso pasa, sigamos fascinándonos con el cine y la literatura de ciencia ficción porque el primer paso es soñarlo.


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