#Issue 3 Viaje al Preservation Hall.


Envueltos por la nostalgia, hemos recordado Nueva Orleans. Ese espacio que por el cine inevitablemente evocamos con sus añejos barcos de vapor recorriendo el río Misisipi y que en la realidad es una plena urbe del siglo XXI que todavía se está reconstruyendo después de ser destrozado por el huracán Katrina. Y además de sus barcos es inevitable pensar en su música, fruto de la multiculturalidad que se gestó en tiempos en que este término no existía y en los que allí fueron a parar gentes de muy diversa procedencia, fundamentalmente africana, y fundamentalmente esclavos. Luisiana, sur de Estados Unidos, Guerra de Secesión. Algo de eso queda todavía hoy.

Nos adentramos en el French Quarter, casco viejo de la ciudad, (donde por cierto no sólo no se preocupan por tapar sino que exhiben con orgullo las cicatrices del huracán Katrina) donde no hay bar sin su concierto y caminando por su calle más célebre, Bourbon Street, giramos hacia el lugar más emblemático de la zona, el 726 de St. Peter Street: el Preservation Hall.


Su mismo nombre ya nos indica su más ansiado fin: proteger el jazz auténtico y clásico de Nueva Orleans. Y vaya si lo hace, al menos tres veces al día en las que la Preservation Hall Jazz Band deslumbra a los afortunados que consiguen entrar. Una innumerable cola de personas se agolpa a la puerta. Entramos. Aquello rezuma historia por todas partes. Hay tres bancadas de madera, cojines para los más aventurados, y de pronto entra una banda de dinosaurios, muy negros y muy llenos de fuerza que se mueven con una seguridad que abruma. El batería debe tener casi 90 años y no separa los codos de sus costados pero se mueve con la soltura de una mosca. El más carismático te canta entre soplido y soplido de saxofón. Una pianista oriental, la más joven y la única mujer toca el piano con la cotidianidad de quien se toca una oreja. Mucha improvisación, pero en el mejor de los sentidos. También hay un contrabajo, un trompetista que canta mejor que el del saxo, y un dios del clarinete que no puede tener otro apelativo porque lo que hace con el cambio de llaves y el salto de octavas no es humanamente posible. 40 minutos de puro placer. Y por si fuera poco, sales a la calle y ahí, en cada esquina del French Quarter hay un músico, para que no se te olvide dónde habita el auténtico espíritu del jazz.


Y después de leer esto cierra los ojos, enciende la música, imagina y déjate llevar.

//R.

The Skin Tailors_


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