#Issue 27: Cuando se ligaba en el teatro.

Acabamos de pasar unas fechas en las que tradiciones e influencias de aquí y de allá se mezclan, se funden y se confunden… y esto no es sólo cosa de hoy. Antes del “truco o trato” aquí lo que se estilaba era ir al teatro. Antes del Halloween lo que se celebraba era la noche de Difuntos, aunque los motivos temáticos han seguido siendo los mismos. Todavía no se sabe muy bien el porqué, pero una de las piezas dramáticas más insignes de nuestras tierras, el Don Juan Tenorio, es sinónimo de estas fechas. No hace tanto que en la mayoría de los teatros de las capitales de provincia así como después en la televisión (cuando sólo existía un canal) se representaba este drama de tintes históricos e influencia italiana… pero a la española.




Se barajan varias posibilidades respecto al origen de esta tradición tan castiza. Uno de ellos es el de que supuestamente fue representada por primera vez un 1 de noviembre, aunque su fama imparable le llegó 16 años después, y no como motivo de alegría para José de Zorilla, quien aseguró varias veces arrepentirse de haberla escrito. Estéticamente sí que su éxito tiene sentido: lo fantasmal y los poderes de ultratumba adquieren protagonismo y no sólo eso: se mezclan con una historia de amor descarnado que es capaz de salvar a su protagonista de la vida eterna en los infiernos. Detrás de este culebrón con convidados de piedra y fantasmas que se pasean por cementerios se esconde un panfleto ideológico que tiene mucha tela que cortar y que nos muestra a unos protagonistas difícilmente verosímiles y, sin embargo, célebres en nuestra cultura. El mito de Don Juan se cumple pero con un final del gusto de la religión católica: el hombre irredento que se apuesta la honra en el número de mujeres conquistadas no puede salir impune de su pecado, pero con una innovación propia de telenovela: el amor incondicional de doña Inés salva su alma inmortal con su muerte y su fé.


Aunque hoy nos dé la risa al pensar un poco en esa historia entre líneas no podemos negar su influencia en nuestras tradiciones y lo que ello ha conllevado en la concepción de nuestro imaginario… y nuestra idea del romanticismo. Lo que ocurre en La Regenta es un buen maravilloso ejemplo de cómo la ficción nos condiciona y maravillosamente nos encandila. ¿Quién no conoce a estas alturas la famosa escena del diván en que Don Juan Tenorio se declara a Doña Inés? Cuando Ana Ozores va -cómo no- la noche de difuntos al teatro de Vetusta junto con el resto de la sociedad (no olvidemos que el teatro y la misa eran dos de los pilares de reunión social) a ver la representación del Tenorio no puede por menos que emocionarse y embriagarse del romanticismo de la escena (como le pasaría a tantas mujeres de su época, donde lo de ligar no era tan sencillo como ahora. Y por eso se ensueña pensando que es ella la monjita a la que su enamorado (que por supuesto no es su marido) trata de raptar de su encierro monacal para casarse en la fuga. Puede que estas ideas de que el amor es capaz de redimir al hombre y esta imaginería del Romanticismo se hayan quedado trasnochados... Sí, pero aunque sea por un día, a todos nos gusta ensoñarnos y que la escena nos embauque.


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Y porque sabemos que el peso sentimental de la tradición es un componente primordial, nos hemos acordado de uno de los productos a los que tenemos más cariño, la crema 1954. Hecha con muy pocos elementos pero muy significativos: rabo de gato y caléndula (cicatrizantes), aceite de oliva (muy hidratante) y urea, conocida por su efecto reparador y sus efectos a la hora de tratar enfermedades de la piel como la dermatitis o la psoriasis.

#DonJuanTenorio

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