#Issue 32: Bob Dylan como pretexto a la Literatura.

Nada tenemos en realidad nosotros que añadir a la polémica generada sobre la elección de Bob Dylan y si sus letras son o no merecedoras de tal galardón. Quizá lo interesante sea plantearse más bien qué es lo literario, quién decide qué lo es y qué no lo es y por qué sientan tan mal algunas decisiones como esta y otras no tanto.


Por otra parte, ¿quién decide los candidatos y los criterios según los cuáles se debe otorgar un premio Nobel a uno u a otro? La Academia sueca se encarga de principio a fin de elegir quiénes son los nominados, pero el proceso comienza antes. En la primera fase se recogen los candidatos (que pueden llegar a ser 200) y, tras un primer filtro, se dejan sólamente veinte hasta quedar cinco en una última criba, que se comunican a la verdadera cúpula de académicos antes del verano para que en octubre ya pueda haber un veredicto. El ganador se elige por mayoría absoluta y, aunque el nombre de los finalistas es estrictamente secreto, a veces se producen filtraciones. De hecho, el nombre de Bob Dylan ya resonó en ediciones anteriores así como la problemática misma de que no podría ser elegido ya que no tiene una obra literaria publicada como tal (¿cómo se explica entonces que haya sido candidato en más ocasiones si no cumplía con esta premisa?). ¿Quién y con qué criterios elige a quién se otorga un premio literario como éste?, ¿debería tener dotación económica?, ¿hasta qué punto son fiables los criterios que se siguen y hasta qué punto intervienen o no factores extraliterarios?


La trifulca mediática de opiniones contrapuestas que se ha originado este año suscita un debate interesante que abre la puerta a planteamientos renovadores en cierto sentido. Desde luego ya no parece haber ningún prejuicio hacia los lugares de procedencia o hacia literaturas olvidadas o marginadas... aunque sólo en apariencia. En 2015 la ganadora fue la periodista y escritora biolorrusa Svetlana Alexievich, prácticamente una desconocida en el ámbito internacional. Se preguntaron muchos entonces, ¿no había ningún escritor que lo mereciera más? Otra de las anécdotas recientes que dan lugar a pensar fue lo sucedido horas antes de que se anunciara a Vargas Llosa como ganador del Premio Nobel, cuando en la Wikipedia ya aparecía como galardonado Tranströmer... que al final tuvo que esperar al año siguiente para serlo en la realidad. ¿Y si la información se filtró y fue una jugada de la Academia de última hora para salvaguardar su prestigio ante una posible filtración? Este año justamente se tardaron unos días más de la cuenta en saber en periodo y forma quién era el galardonado, ¿problemas de calendario o de consenso?


Más allá de todo lo extraliterario que rodea todo premio (y más en este año), volvamos a la idea de la que partíamos en el inicio. Nadie duda de que las grandes novelas (grandes también en tamaño) son literatura de peso. Ni la poesía, ni el teatro. ¿Cómo podemos saber la verdadera trascendencia de un autor o si eso se puede medir? Seamos sinceros: sí que se puede medir si un autor es trascendente en su tiempo y en otros autores coetáneos o si ha abierto un camino antes no transitado en el mundo del arte. Lo que es más complicado es medir algo así con poco tiempo entre medias, tiempo que es muchas veces necesario... y otras no.


Remedios Varo, Troubadour (1959)

Lo que está claro es que lo que se tacha a veces de transgresor no lo es tanto. Por eso a muchos entendidos de la historia de la literatura les habrá dado la risa y una alegría el saber quién es el Premio Nobel de Literatura de este año mientras otros rabian. No está mal de vez en cuando volver a los orígenes de lo que ahora llamamos Literatura con mayúsculas, cuando nuestro patrimonio literario eran en realidad poemas de todo tipo y con tiradas de miles de versos o de unos pocos, que trataban de grandes hazañas épicas o de los amores de un pastor con su vecinita. Poemas que se cantaban y que se transmitían de generación en generación y de siglo en siglo. Cuando el ritmo era una pieza fundamental en ya que ya no todos recaemos y que está ahí, omnipresente en la obra literaria. Del tiempo en que la literatura se transmitía con la voz y en comunidad y no en silencio en la más absoluta soledad. No está mal, no, volver de vez en cuando a los orígenes.


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